Ser amable con los niños se ha convertido en algo peligroso.
Sentado en un café de Dubrovnik, en la única esquina de la ciudad por la que corre un soplo de aire fresco, acabo mi segunda copa de vino blanco y leo. Una niña pequeña -puede que tenga tres o cuatro años, pero soy malísimo para las edades- trata de quitarme las alpargatas. Dejo el libro en la mesa y la saludo. Ella me devuelve el saludo y balbucea algo en francés. (A lo mejor no lo balbucea, sino que lo dice perfectamente. A lo mejor quien balbucea una respuesta en un idioma que desconoce excepto por el cine y la música soy yo).
La escena me parece casi divertida hasta que levanto la cabeza y veo a sus padres en la mesa de al lado. Ambos son jóvenes y delgados, casi podría decirse que enjutos si la palabra no fuera tan espantosa. Visten ropa cara blanca. Su mirada de disgusto es digna de una causa más noble. Qué hace ese pervertido sentado solo en una mesa y hablando con nuestra hija?
Para ahorrarme problemas vuelvo a la lectura e ignoro a la niña, que sigue tratando de quitarme la alpargata. Pero pronto caigo en que el gesto no arregla nada. Al contrario. Entre mis manos tengo "El fin de Alice" de Homes. Sin atreverme a mirarles, deseo que no conozcan el libro.
sábado 16 de agosto de 2008
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