En las sociedades preindustriales e industrial, las tareas de servicio eran ejercidas sólo por quienes ocupaban un lugar más bajo en la escala social. Generalmente por aquéllos que estaban por debajo incluso del proletariados: sus mujeres, por ejemplo; o por quienes tenían alguna minusvalía.
En ese contexto, la propina venía a ser una forma encubierta de limosna. Prentendía compensar de algún modo lo inferior de esa tarea y reconocer la entrega en el servicio.
Con la extensión de los trabajos de servicio y la proletarización de quienes los realizaban que se produjo con la generalización de la vida urbana, surge una tensión entre salario y propina. Recuerdo haber visto la fotografía de una manifestación de camareros contra las propinas en San Petersburgo pocos meses antes de la revolución de octubre.
Hoy, en "la sociedad de los servicios", esta tensión se resuelve en una banalización de la propina que nace de su conversión en un flujo continuo. Casi todos trabajamos sirviendo a otras personas y casi todos damos y recibimos propinas. El taxista deja en el restaurante donde almuerza el domingo una propina al camarero que le dejo una propina al volver a casa en taxi la noche anterior. La peluquera deja propina durante su viaje de verano al guía que le deja propina durante el invierno al ir a cortarse el pelo.
lunes 8 de septiembre de 2008
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