jueves 4 de septiembre de 2008

senj, mayo-agosto

Senj es una pequeña localidad costera en el condado de Primorje-Gorski, entre Rijeka y Zadar. Los pocos miles de habitantes del pueblo lo comparten en verano con unos centenares de alemanes que lo han convertido en residencia de verano, tal vez porque la mole del macizo Velebit a sus espaldas lo convierte en uno de los lugares menos calurosos de la costa croata.

Probablemente, para la mayor parte de los guías turísticos que recorren Croacia Senj sea sólo ese pueblo en el que uno se detiene para que sus clientes estiren las piernas, tomen el café y vayan al baño en la etapa que les lleva de la bahía de Kvarner al interior del país, casi siempre a los lagos de Plitvice. También debería ser lo mismo para mí.

Sin embargo, en mi vida croata Senj es el escenario siempre de escenas inverosímiles, concebidas por el dios de la blogosfera para que pueda incluirlas aquí.

La primera vez que estuve en Senj, me detuve como tantos otros guías allí sólo 20 minutos. Les señalé a mis clientes donde estaban las cafeterías y les recordé que estuvieran puntuales en el autobús: aún quedaban dos horas de ruta hasta el Parque Nacional de los Lagos de Plitvice. Me dispuse a bajar del bus y entonces algo se enganchó a mis zapatillas haciendo en ellas un agujeros del tamaño de un puño. O encontraba otro calzado o tendría que recorrer un parque natural descalzo durante tres horas.

Preguntando a varios lugareños llegué a la única zapatería del pueblo, un establecimiento polvoriento de madera en el que se amontonaba calzado de distintas estaciones e incluso de diversas épocas. En una mezcla precaria de croata, alemán e italiano (yo puse la mayor parte de los últimos y la dependiente casi todo el primero), expliqué que necesitaba un calzado deportivo de la talla 43.

- Va a ser difícil -concluyó preocupada la dependiente antes de desaparecer tras una cortina mugrienta.

- Sólo nos queda esto-. Dice al salir varios minutos después con dos cajas de zapatos.

De la primera saca dos zapatillas color beige. El diseño està bien y el color también lo estaría de no ser porque se trata de dos beige distintos: una zapatilla es clara y la otra oscura. Se trata de dos modelos distintos:

- Estas zapatillas no son iguales! -le digo a la dependienta.

- Pero son casi iguales -me responde. Claramente ella no ve dónde está el problema.

El otro par es negro, feísimo. De un plástico que no imita el cuero, sino tan sólo el plástico que imita el cuero. Pero al menos son iguales. Me las llevo.

Me cuestan algo menos de 18 euros y me servirán para los siguientes 8 paseos por el parque de Plitvice. Cuando las tire, les habré cogido cariño.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Hugo,

Soy susana. He leído el blog de Bruno y aqui estoy. Que buen título le has puesto. Mand auna foto de los zapatos...

Besos y a ver si recuperamos los almuerzos en el Casino Militar

Henar Lanza dijo...

Varia:
1. Había ganas ya de leer esta historia por escrito. Es grandísima.
2. Una vez que la dependienta croata nos ha llevado a reflexionar, sin ella saberlo, sobre el hecho de que ningún par de zapatos está formado por dos ejemplares iguales, sino sólo simétricos respecto a un eje, la próxima vez que vaya a comprar calzado le diré a quien me atienda eso de "no son iguales, pero, así todo, me los llevo". No sé si entenderá la gracia, pero yo me lo voy a pasar pipa.
3. Si vuelves a parar en Senj, estaría bien revistiar la zapatería. Tiene pinta de ser fuente inagotable de "anésdotas". De paso le preguntas si lo de que "el 43 va a estar difícil" se debe a que los lugareños no gastan números primos o simplemente a que tienen los pies: a) más pequeños o más grandes (y por eso no los mandan traer, porque no se venderían) o b) justo de ese número (y por eso se agotan).
4. En la plaza mayor de Zamora hay una zapatería llamada "Seisdedos". Cada vez que paso por allí, me parto de la risa, mientras mis amigos zamoranos replican que ese apellido es muy común por esa tierra, como si la gracia estuviera en el apellido y no en su asociación con tal negocio.
Como la "Autoescuela Sebald" de Frankfurt: ya tiene delito ponerle el nombre de alguien muerto en accidente automovilístico a un lugar donde enseñan a conducir.
Siempre hay quien toma los nombres en vano.

hugo romero dijo...

Hola Susana. Claro que sí! España necesita esos almuerzos paramilitares.

Lo de las fotos es más complicado. Tengo fotos para casi cada post (incluida la del culo de Tito), pero no puedo colgarlas desde la BlackBerry. Habrá que esperar a que encuentre un poco de calma. Un beso.

Henar Lanza dijo...

Por cierto/Por verdadero:
"Plitvice" (me) suena a marca de loción antipiojos.