sábado 18 de octubre de 2008

En el AVE hacia Valladolid. Hasta instantes antes de que el tren se ponga en marcha, soy el único pasajero en mi vagón. Sin embargo, tan pronto como empezamos a movernos, se sienta a mi lado una mujer con sus tres hijos pequeños. Nada más entrar en el vagón los niños empiezan a gritar, llorar y pelearse por una bolsa de patatas. Los niños son insoportables, pero la madre, que no deja de regañarles, lo es aún más.

Recuerdo la anotación de Vila-Matas en su "Dietario voluble" sobre el niño que llora en un avión y su queja a la azafata: "A ese niño lo pagamos todos con nuestros impuestos".

Sin embargo, hoy quiero parecer un hombre feliz, de modo que trato de no hacer ningún gesto de desagrado y de concentrarme en la nueva novela de Ray Loriga.

Minutos más tarde, cuando la mujer se levanta para correr detrás de uno de los niños que huye hacia la cafetería, se detiene, me mira y dice:

- Sinceramente, entendería que te hicieras una vasectomía.

Creo que es la más terrible primera frase que nadie me haya dirigido nunca. Aturdido, sólo se me ocurre contestar un estúpido: "Al contrario", que no se sabe bien qué podría significar.

- Tres hijos y un divorcio. Se te ocurre algo peor? -la mujer trata de establecer una conversación conmigo.

Esta vez me limito a sonreír y a devolver mi vista al libro, aunque ya no consigo leer nada más. Claro que se me ocurren cosas peores, y repasando algunas de ellas dejo pasar el tiempo hasta llegar a Valladolid.

1 comentarios:

Henar Lanza dijo...

Walser los niños:
"Silvi, en cambio, es una copia no muy lograda de su madre, una fotografía reducida, pero también bastante mala. ¡Pobre niña! ¿Qué culpa tiene de que la hayan fotografiado mal? Es delgada y, sin embargo, tosca. Parece tener un carácter receloso –si el término carácter puede aplicarse a un niño-, y en el fondo de su alma se diría que es falsa y mentirosa."
Robert Walser, El ayudante. Madrid, Siruela, pág., 84